LAS ESPIGADORAS Y EL PRECIO DE LOS ALIMENTOS

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En un reciente post comentamos el movimiento freegan y el análisis que Raj Patel hace sobre el modelo alimentario y el entramado de complejos matices socio-políticos que encierra. En estos días y gracias a la colección de cine documental que el diario EL PAIS ha puesto a la venta –magnífica serie al precio de un euro película, para que tomen buena nota los acomodados mandamases de la SGAE-, he podido disfrutar del documental de Agnès Varda, Los espigadores y la espigadora. Tiene tantas cosas buenas, que es difícil elegir alguna. Primero, su sentido estético es de un lirismo tan fino que ayuda a digerir un tema tan indigesto. Digamos que reflexiona con alegre ironía y soldada indiscreción acerca de la numerosa prole que en unos y otros puntos de Francia –cualquier país occidental valdría como escenario- vive por necesidad, estilo de vida o postura ética, en ese mundo de recolectores freeganistas tan indigesto para el sistema, por lo bien que desenmascara sus trapos sucios, para comérselos!!!

Mientras tanto, el precio de la comida ha subido en el último año entre un 10% y un 12%. El encarecimiento del precio del petróleo, el cambio climático y la subida drástica de los productos básicos –trigo, maíz y soja-, debido en parte a las especulaciones de los mercados así como a la creciente demanda de biocombustibles. La situación es lo suficientemente pesimista como para hacer afirmar a la FAO que están muy lejos de conseguirse los Objetivos del Milenio, sino que por el contrario es riesgo real es un aumento notable del hambre en los próximos años, una plaga que afecta actualmente a 854 millones de personas. La tendencia de transformar comida en energía está resultando letal para las economías de los pobres en cualquier parte del planeta. Al mismo tiempo, los incrementos del consumo de alimentos y los cambios culturales en la dieta, refuerzan este impacto negativo. En este sentido, China e India protagonizan un cambio muy significativo. Los chinos han pasado de consumir 20 kilos persona/año en 1985 a 50 kilos en la actualidad, lo que multiplica las necesidades de alimento para los animales, el consumo de agua y terrenos parta éstos, en competencia con las tradicionales producciones agrarias.   

Algunos han querido ver en esta situación una oportunidad para los agricultores de los países en vías de desarrollo, si bien no parece que esto vaya a ocurrir al menos a corto plazo. Si unimos a ello los efectos críticos de la sequía sobre el continente africano, la escasez de recursos pesqueros en todo el mundo –más de un 75% de las reservas pesqueras mundiales están sobreexplotadas-, o la pérdida de soberanía de las poblaciones locales sobre su territorio –véase Patagonia-, el futuro invita a repensar el modelo. Con mucha mayor urgencia que las pirotecnias festivas de la cocina molecular o emocional, nuevamente estamos donde Millet dejó su pintura, esto es, una inaceptable situación de pobreza para los espigadores y una alimentación insana como nunca antes lo había sido, y que obliga al gobierno británico a diseñar un sistema subvencionado de bonos alimentarios saludables para atajar la sangría sanitaria que cuesta remediar este desaguisado.  

Para leer más:        Is this the end of cheap food? por Alex Renton       Europe Takes Africa’s Fish, and Boatloads of Migrants Follow, por Sharon Lafraniere       ¿Falta comida o es demasiado cara?, por Pere Rusiñol

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MAPPLETHORPE, Watermelon_with_Knife_1985

 

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Archivado bajo Agnès Varda, Mapplethorpe, Raj Patel

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