UN DÍA EN LAS CARRERAS

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Habrá que esperar al GP de Mónaco para ver si la Formula 1 recupera algo de su glamour tejido a base  de famosos visitantes y se viste de pasarela para quienes quieren proyectar su imagen entre el ronco grito de los motores. En esta ocasión, en el pasado GP de Catalunya, la  crisis enfrió la asistencia reduciendo en torno a un 30% el número de visitantes respecto a 2008. Las agencias especializadas como Formula Tours no parecen haber tenido excesivo trabajo.

De hecho la prensa catalana no ha destacado  esta vez el negocio económico del GP. Apenas algún dato previo –subida del 75% de las tarifas hoteleras que bien pudimos comprobar en el entorno del circuito  e incluso constatar un incremento mayor a ese porcentaje- y uno de alcance la misma mañana de la carrera. La tele comenta a las 7.30 de la mañana que 5000 vecinos de Montmeló trabajan en la organización. El pueblo ha debido de quedar vacío de gente, neveras y grúas.

La parafernalia del merchandising, gorras y camisetas –donde ganan Ferrari y Alonso/Renault por goleada, aunque no hay que menospreciar las del FC Barcelona y la avanzadilla que representan las del At. Bilbao-, banderas al viento –nacionales y escuderías mandan-, tampoco presenta una especial agitación, a la que tampoco invitan los precios excesivos. Colorido a base de adefesios varios en forma de vestimenta y pelucas, peña asturiana soplando gaitas y cánticos de rigor, acento francés entre la plebe, padres e hijos, madres tatuadas y pieles vikingas que si no murieron con motivo de excepcionales cambios climáticos acontecidos tiempo ha, es seguro que saldrán del circuito tan enrojecidas como el destello de Kimi el breve. ¡Salud!

Sección viandas y catering: pasa el tío del jamón y levanta cierto entusiasmo pero lo del lagarterano de turno con la garrafa de 5 litros rajada y rellena de macarrones raya con el rancho más cutre que se pueda probar, sin despertar inquietud gástrica entre la tropa tripa. Domina el bocadillo pero no faltan las aceitunas, las tortillas y las naranjas. Poco condumio comparado con la intensidad de bebidas a disposición de la concurrencia. Las nueve de la mañana arrancan a ritmo de cerveza y voces que entonan al vent el estribillo del brebaje marca blanca,  alcohol, alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual.

Comienzan las carreras y ruge el anfiteatro. Con la formula BMW, Porsche o Renault, cada roce o salida de pista es acompañada con una salva de aplausos y aclamaciones que se prolongan cuando el piloto contusionado pasa por la pista interior del circuito subido sobre una sencilla moto. Las horas previas al Gran Premio sirven para pasear, organizar el aposento, leer, escuchar música,  comer y beber, beber y comer, hacer porras, porros y pronósticos, risas y sombras, mientras que no cunde el optimismo contagioso de otros años donde la peña repartía preferencias entre las tres escuderías ganadoras. En esta ocasión, con el vuelco dado por las nuevas reinas del  paddock, Brawn y Red Bull, los aficionados andan perdidos y poco motivados. Así, pasados los momentos endiablados de la salida –bravísimo Alonso- y eliminados los cuatro coches accidentados, el personal se inmiscuye en cuitas personales. Con el ensordecedor ruido de los motores que acallan cualquier bramido de la tribu, ésta se relaja y mira ensimismada las pantallas gigantes, retrata y se deja retratar, pregunta a los compañeros conectados a la radio o emisora interna de tv la marcha de los pequeños detalles, y entonces, menos mal que queda Hamilton. Para recordarle a su familia, envidiarle a la novia, bajarle los dedos o dirigirlos hacia cualquier parte que no sea el cielo, mientras desafiantes le señalan, sin perdonar aún sus jugarretas al preferido de la afición, ese que en la última vuelta va y sobrepasa al bala roja,  coche principesco que todo el mundo dice le anda esperando.

Sólo las parejas mantienen el tipo durante todo el Gran Premio,  dispuestas a untarse de amor todos los poros difusores de su cuerpo, en una sesión que se prolonga sobre la toalla, mucho más que la oferta estándar de cualquier sala de masaje. Por fin hay algunos que disfrutan a pierna suelta de la peluse, sin entender qué hacen esos miles de descamisados, sudosos seguidores, pensando ya, en la siguiente carrera.

BANDERa ALONSO LIBRO

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