ENLAZADOR DE MUNDOS, de Nicolás Meta (III)

PURMAMARCA, TIERRA COLORIDA

            Purmamarca es un pueblito fundado por cinco familias. Se conforma por unas pocas manzanas, de calles de tierra y casas de adobe; casi sobre la comarca, como si fuera a comérsela,  se levanta El cerro de los siete colores, en el que resplandecen, como pinceladas, el verde, el marrón, el blanco, el amarillo, el rojo, el azul, el gris.

            Al principio creíamos haber elegido el camping equivocado, por estar a quince cuadras de la plaza principal, subiendo por la montaña; pero la humildad y bondad de sus dueños nos hicieron cambiar de parecer.

            Doña Eva, don García y su hijo José nos introdujeron en las raíces de este lugar.

            _ Aquí nació mi tatarabuelo -nos dijo doña Eva-. Él en 1820 compró parte de los cerros que están sobre nosotros. Tenemos fotocopias de aquel título, pero se hace difícil la subdivisión, porque hay cientos de herederos: casi todas las familias originarias de Purmamarca tenemos alguna relación de parentesco.

            _ Si el turismo sigue creciendo como hasta ahora, con su parte del cerro su tataranieto se va a hacer millonario –ironicé, mientras de fondo se escuchaba el griterío de las gallinas del corral.

            _ Ojalá le alcance a mi tataranieto con lo que tenemos ahora –respondió seria-. Hasta hace veinte años vivía en otro lado; pero me enfermé: sufro de asma y estuve dos veces en terapia intensiva. El médico me recomendó que me mudara a un lugar en lo posible seco y tranquilo. Aquí vine.

Miró con ojos cálidos a su marido por entre las gafas.

            _ Cuando llegamos no había luz, agua, nada; esto era sólo piedras -dijo don García-. Me quería ir, no entendía qué hacía acá. Y ahora sólo espero poder quedarme hasta la muerte. Todo se dio de a poco: en un comienzo cargábamos el agua desde el pueblo y usábamos velas; luego conseguimos las instalaciones; y con mucho esfuerzo agrandamos la casa, emparejamos el terreno e hicimos una huertita donde cultivamos cebollas, manzanas y papa.

            _ Ellos tienen setenta años -apostilló José; su voz fue interceptada por el ronroneo de unos gatitos recién nacidos-. Mi papá aún se despierta a las seis de la mañana para mantener la huerta, cargar las cosechas y cortar leña con el hacha.

            _ Lo hago con mucho placer –asintió el padre-. Cuando uno hace las cosas empezando de cero, el sabor del trabajo es muy dulce. Veo todo esto y me enorgullezco del esfuerzo hecho.

            _ Purmamarca, de ser un pueblo desierto, pasó a ser turístico -retomó José-: llega mucha gente de todo el mundo. Hace quince años, hospedaba gratis a cualquier mochilero que lo quisiera. Una vez, ese mochilero fue Piti, el famoso cantante. Él, otros tres viajeros y nueve lugareños, nos juntábamos en la plaza a tocar y cantar. No había nadie más. Ahora la plaza es un mundo.

            _ ¿Te molesta?

            _ Me molesta un poco. ¿Saben por qué? Porque cambió mi forma de ser. Vivo del turismo y, como la mayoría de los lugareños, me volví sediento por el dinero. Cambiaron nuestros valores; por suerte mis padres aún se mantienen al margen.

            Miré a José -su ropa de campo, su sombrero gigante-, observé la casa en la que vive, de paredes de barro y techo por el que se filtra agua, y pensé que si se cree sediento por el dinero, es porque no conoce Capital Federal.

            _ ¿Tilcara y Humahuaca también son turísticos? -preguntamos para obtener algo de información de nuestros próximos destinos.

            _ Para que entiendan de qué hablo: haber denominado Patrimonio de la Humanidad a la Quebrada de Humahuaca fue una pésima decisión. Ese lugar de naturaleza maravillosa se plagó de mega hoteles. Hay que tener cuidado con el turismo, no sea cosa que quite la pureza.

            Don García y doña Eva estuvieron de acuerdo.

            Más tarde nos señalaron en el mapa lugares preciosos aún no explotados.

            _ Van a ser mejor recibidos en zonas donde no haya tantas visitas -afirmó José.

            Tras ver la simpleza de esta gente, tuve sensaciones contradictorias: me llenaba de alegría al comprobar lo fácil que puede ser la existencia; pero me decepcionaba el nivel de vida mucho más alto que todavía demando. Creo que ante una perspectiva de necesidades o lujos muy altos, mayor el nivel de gastos, más apego a lo material y la consecuencia inevitable: más preocupación, más estrés, más infelicidad. A don García y su mujer, en cambio, les alcanza con lo mínimo indispensable, y es eso precisamente lo que les permite disfrutar y vivir en paz.

            Se nos presentó un muchacho que está viviendo en el camping. Una de las características de los sitios del Norte que visitamos es que todos saludan a todos: aquí, contrario a Buenos Aires, no existe la indiferencia; cuando nos cruzamos con alguien en la calle, nunca faltan un hola y un buen día, por lo general acompañados de una sonrisa.

            _ Trabajo hace seis meses en un bar del pueblo como mozo -nos contó-. Estoy muy contento acá.  -Dedicó unos segundos a respirar aire puro-. Hace tres años estaba en Malos Aires, en San Telmo. Tenía un estudio de música. Un día me miré al espejo: estaba blanco, mi sangre azul. Llamé a un conocido que me quería comprar el lugar y esa misma tarde se lo vendí y me fui. Estuve cuatro meses en El Bolsón, en el Sur. Cuando volvía para Malos Aires, mi mente me decía: “¿Qué estás haciendo? ¿Qué querés hacer allí?”. A dos estaciones de llegar, cuando el tren ya había tocado la bocina y estaba avanzando, tomé mi mochila y salté del  vagón. Fue la mejor decisión de mi vida.

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