Archivo mensual: mayo 2010

LOS ÚLTIMOS TRASHUMANTES

Es el título de un hermoso video reportaje de Alberto Almansa, acerca del paso de un rebaño de vacas por la ciudad de Córdoba. Las palabras de los protagonistas, el sonido de los cencerros irrumpiendo en la ciudad, las sorprendidas caras de los vecinos, conforman un poema de primavera.

En estos días que se celebra mucho y no sé si se hace tanto, vistos los resultados de los últimos años, acerca de la defensa d e la biodiversidad, vale la pena concretar el esfuerzo en cosas tan simples como el fomento de esta práctica centenaria. Lástima que las autoridades anden enfrascadas en ese doble juego de “deslindar” sobre programas y “acotar” a base de permisos sobre el campo. Es difícil estar tan perdidos o faltos de compromiso, décadas después de haber  iniciado la política de espacios naturales.

También los amigos de Slow Food apoyan a los trashumantes valencianos. Dejemos junto a esta reivindicación del pastoreo y de la movilidad de los rebaños, un glosario que escribimos hace unos años en un libro sobre cultura popular de la Subbética Cordobesa, VOCES DEL SILENCIO

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ENLAZADOR DE MUNDOS, de Nicolás Meta (IV)

LAS MINAS DEL INFIERNO

             Potosí se trata de un sitio muy esperado. La historia que lo envuelve nos hace estar más atentos al recorrer sus calles. En el siglo XVII fue una de las ciudades más ricas del mundo; ahora es una de las más pobres. En aquel entonces todo giraba en torno al Cerro Rico, que escondía insospechadas cantidades de plata. Donde la vida de un nativo valía tanto como la de un insecto, ocho millones de indígenas fueron asesinados. Hoy en día quedan los resabios de tanto despilfarro: imponentes iglesias barrocas, calles de viejos faroles que echan luz sobre la arquitectura colonial de antaño, y el cerro, un cono perfecto que perdió sus colores y su virginidad.

            Aunque con tres veces menos habitantes que hace cuatro centurias, las minas siguen siendo el centro económico de Potosí. Los mineros trabajan hasta dieciocho horas por día para extraer cinc y estaño, minerales que en la época de esplendor eran arrojados como desperdicios.

            Entramos a ese mundo subterráneo gracias a un contacto que nos facilitó un dirigente minero que conocimos en La Paz. Nos prestaron casco, botas y linterna y nos introdujeron en las tinieblas. Caminamos por túneles de charcos y humedad y nos adentramos por infinidad de ramificaciones donde debíamos encorvarnos hasta la cintura para poder avanzar. El guía por momentos nos frenaba, para mostrarnos, orgulloso, las vetas de algún mineral. Escuchamos ruidos: alguien peleaba con herramienta en mano contra las rocas. Un hombre escuálido, de rostro huesudo, mascaba su alimento sagrado, la coca, y trabajaba como en posición de rezo. Cada prudencial lapso se detenía para evocar una tos grave y seca.

_ Ese hombre sufre de silicosis, una enfermedad pulmonar que junto a la tuberculosis acosan a la mayoría de los trabajadores –nos comentó nuestro guía-. Muchos mineros le pagan a un grupo de apoyo para facilitar el trabajo. Pero él no tiene plata, lo ayuda su hijo.

            _ ¿Para quiénes trabajan?

            _ Antes para empresas privadas. Desde que asumió Evo, por su cuenta: son independientes. Lo que extraen lo venden. Ésa es su ganancia, sacando los gastos de explosivos y el porcentaje que le corresponde a la cooperativa.

            El Estado sólo regula la actividad. Y como los mineros dependen de sí mismos, se despreocupan del dolor y trabajan mucho más allá de cualquier normativa horaria. Más adelante nos enteramos del promedio de vida que tienen: a lo sumo cincuenta años.

            Lo que nos mostraba el guía es el primer subterráneo de trabajo. Las bocas descienden más de diecisiete pisos, habiendo treinta metros entre una y otra. Más abajo hace muchísimo calor y los mineros se ven obligados a operar desnudos.

            Un nene de unos catorce años nos reveló otro sector de las minas. Nos contó que él conoce muy bien aquel laberinto porque su padre trabajó cuarenta años en la actividad.

            _ ¿Vos trabajaste? –nos interesamos.

            _ Desde los siete.

            _ ¿No hay leyes que protejan a los niños?

            _ Se habrán dado cuenta de que las leyes son sólo dichos –contestó con la firmeza de un adulto.

            Por último llegamos hasta un pedestal, en el que se expone un muñeco diabólico. Se lo llama el Tío, dueño y señor de las minas. Lo habían creado los españoles para asustar y vigilar a los indígenas. Les decían que de desobedecer, el Tío los castigaría quitándoles los órganos del cuerpo. Cuando un nativo vomitaba sangre, producto de las condiciones en las que se lo explotaba, la interpretación era unívoca: el Tío iba a por ellos. Con el tiempo pasó a ser su Dios, el Dios del Mal, al que se le deben hacer ofrendas para evitar su malhumor. Le entregan desde cigarrillos y hojas de coca hasta fetos de bebés. Muchos hacen pactos secretos con él.

            El muchacho nos condujo por el serpenteante túnel hasta la salida. Hubo que acostumbrar el ojo al sol. Bajé la montaña en silencio, absorto por lo que acababa de ver, al tiempo que agradecido por el entorno en el que la existencia me había hecho nacer.

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