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LLUVIA PARA LA CRISIS

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Foto: FOTOLOG ZENGAKUREN

Mientras caminaba esta mañana por la Vía Verde del Aceite, no dejaba de caer un aguacero primaveral sobre mí, apenas aliviado por un pequeño paraguas barrido por el viento. Sobre la tela ligera de la sombrilla, las gotas eran como aceitunas en busca del fardo que las espera sobre la tierra, o sencillamente gotas de aceite que aliñaban la hierba tierna, mullida a ambos lados de la estrecha vía, ahora camino.

Como yo, mucha gente estaría contenta esta mañana porque la lluvia, como los granos de café que invocaba Juan Luís Guerra, es garantía de semilla y luego frutos que crecerán en estos campos, algo tan simple y tan antiguo como la agricultura, pero en lo que apenas nadie repara. Las previsiones del tiempo son seguidas más por la necesidad de confirmar expectativas de viaje o de ocio que por atender el preciso bienestar de aquello que nos sustenta. Gracias a la lluvia que invita a ello, o a la hora gratis que disfrutaremos quienes participemos hoy del apagón convocado en La hora del planeta, contamos con sesenta  minutos para reflexionar en alguna de estas cosas verdaderamente importantes. Una de ellas, el cuidado de la tierra y por ende, de los agricultores, del suelo, de las variedades, de los mercados, del intercambio entre productores y consumidores, de la cocina natural y de la gastronomía tradicional. Sazonado con un poco de amor y algo de sentido común, tal vez compartamos gracias de nuevo a la lluvia y a la sensatez primitiva que en algún momento debió caracterizar al primate humano, alguna idea a través de la cual, la crisis no espere más de los discursos de crecimiento ilimitado, sino de la posición responsable que invita a fomentar el consumo local, responsable y ecológico, elementos que se reúnen en una nueva vía verde para el futuro, el decrecimiento. Para ello, nada mejor, que dejar libres el espíritu y el pensamiento, tal como ha escrito John Berger.  

La lógica del caracol, por Iván Illich: El caracol construye la delicada arquitectura de su concha añadiendo una tras otra las espiras cada vez más amplias; después cesa bruscamente y comienza a enroscarse esta vez en decrecimiento, ya que una sola espira más daría a la concha una dimensión 16 veces más grande, lo que en lugar de contribuir al bienestar del animal, lo sobrecargaría. Y desde entonces, cualquier aumento de su productividad serviría sólo para paliar las dificultades creadas por esta ampliación de la concha, fuera de los límites fijados por su finalidad. Pasado el punto límite de la ampliación de las espiras, los problemas del sobrecrecimiento se multiplican en progresión geométrica, mientras que la capacidad biológica del caracol sólo puede, en el mejor de los casos, seguir una progresión aritmética

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