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Salvemos San Nicolás

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El BBVA, el mismo banco que hace unos días me cobró 18 € por permanecer durante apenas una semana con un descubierto en cuenta con el que hacer frente al pago de  6 €, se lo ha pensado mejor y anuncia la suspensión de la subasta del pueblo argentino de Olivares de San Nicolás hasta comprobar “que un pueblo entero no se encuentra en esta área”. Que el pueblo es pequeño lo sabemos pero que el banco necesite ahora tiempo para comprobar donde se encuentra situado habla muy mal del cuidado con el que vigila sus propiedades. Mucho me temo que acabe confirmando que el pueblo existe, que ocupa el sitio indicado, el suyo, pero  que no es ni ha sido propiedad del BBVA. Caso contrario, sería terrible si pretende  aplicar sus comisiones. Por tanto me apuntaría a la iniciativa de la Asociación de Empresas de Servicios a Móviles (AESAM), si no fuera porque ha sido anunciada en vísperas del Día de los Inocentes, y son empresas que acostumbran también a cobrar generosamente sus servicios. Apenas nos queda  gritar con los vecinos,  pletóricos del mejor espíritu navideño: Salvemos a San Nicolás. Señal a fin de cuentas de que la civilización occidental mejora y ya no se dedica a quemar a Papá Noel en cualquier plaza de pueblo como hicieran las parroquias de Dijon hace no tantos años.  Rastreé en Internet unas fotos del pueblo –lanacion.com y elespectador.com– para verificar que tanto éste, como sus olivares y vecinos existen. Permanezcan atentos a sus receptores. Vecinos de Olivares de San Nicolás: ¡Animo!

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Olivares de San Nicolás

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Erase una vez una gente que vivía en un lugar llamado Olivares de San Nicolás en la provincia argentina de Córdoba. El lugar era conocido por ser la sede de una empresa de igual nombre que decían era la principal productora de aceituna ecológica del mundo. En los pueblos aceituneros una buena cosecha fue siempre  sinónimo de dispendios económicos extraordinarios. El anticipo de una vivienda o un vehículo, la compra de un electrodoméstico, la boda de un miembro de la familia, el pago de una deuda. Esto último es lo que pasó en este pueblo propiedad privada. La empresa propietaria acumulaba una deuda que año tras año engrosaba y un banco cumplidor de sus obligaciones quería a toda costa cobrarla. Y como no había otra cosa, la empresa ofreció la cosecha venidera. Pero no bastaba esto porque de promesas no gana la banca, así que la cosa andaba dura cuando de pronto la vecindad cayó en la cuenta de que si malo es tener como propietario del lugar que uno habita a una empresa más duro sería tener a un banco encima. Así que se agarró un estruendo curioso y la prensa del mundo lo contaba e incluso entre tanto apareció una monja intermediaria, que la iglesia siempre está salvando almas. Alguien pidió destinar una recaudación caritativa mientras se arregla esto de que al menos la calle donde uno camina no ande escriturada a favor de un  banco, una empresa o tal vez la iglesia. A espera de ver que dice el señor juez, recuerdo una vieja estrofa que cantaba aquello de que lo malo es no tener un lugar donde caerse vivo. Y propongo a los olivareros de esta Córdoba de acá contribuyamos a que esa gente sea dueña de sus olivos. ¿Por qué no enviar unos camiones de tierra fértil, unas ramas de olivo, unas dosis de reforma agraria a los paisanos? ¿Por qué no pedir al banco unas botellas de ese aceite para saborear el gusto amargo de una deuda? ¿Alguien se apunta?

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