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MAPA DE LA MEMORIA

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Una mañana de verano al mismo tiempo que disfrutaba plácidamente de un café bebido en medio de una animadísima calle Mayor en Medina de Rioseco y me encandilaba sabiéndome dispuesto a comprar la cosecha de carnosos pimientos verdes que una paisana vendía bajo los sombreados soportales, comencé a leer perplejo primero por la coincidencia, asombrado luego por la cruda realidad, un artículo que firmaba Gustavo Martín Garzo, bajo el título de Las enseñanzas de Antígona. Resulta según relataba el escritor vallisoletano, que estos campos de los Montes Torozos, espaciados en la Tierra de Campos de donde él mismo es natural, guardan el mayor número de fosas comunes de la provincia, tal vez con algunos miles de muertos seepultados, calculándose que sólo en esta misma ciudad en la que yo mismo disfrutaba de una mañana ociosa, habían sido fusilados más de 200 republicanos y sindicalistas. Leyendo el artículo uno imaginaba a esas decenas de familiares reunidos cada año en Peñaflor de Hornija para recordar la memoria de aquellos que sólo fueron memoria, con objeto de no olvidar sus nombres, condenados doblemente primero a la ejecución y luego a la ignorancia, así como sus familias condenadas a la imposibilidad como fuera Antígona del derecho más básico de dar sepultura a sus muertos.

Se me vino a la memoria la historia silenciada de una querida vecina que con más de setenta años apenas se ha atrevido a contar la desaparición primero y fusilamiento después de su padre cuando ella era sólo una niña más de la guerra. Junto a su madre sólo conservaron –suerte la suya- una carta firmada por un capellán de la prisión de Córdoba en la que apenas atestiguaba que su padre estuvo preso en la misma. Sencillamente una vez existió.

Recordé luego la juiciosa afirmación de Marcuse,  “Contra la rendición del tiempo, la restauración de los derechos de la memoria es un vehículo de liberación, es una de las más notables tareas del pensamiento humano”,  mientras leía la simbología escrita sobre el Mapa de la Memoria: Fosas Comunes, Simbología Franquista, Edificios Históricos, Frentes y Batallas…

En ese contexto es tan necesario como urgente, antes de que desaparezcan con su dolor no resarcido quienes convivieron con este injusto silencio, recuperar todos los nombres y sus historias.

Tal vez entonces, podamos hablar de un turismo de la memoria, mejor denominación que la oscura y tenebrosa que ahora se maneja bajo el genérico concepto de Dark Tourism y que abarca otras tantas expresiones tales como el dissonant heritage, el thanatourism, el dark tourism o el holocausto tourism. Un articulo interesante sobre este tema, escrito por Rudi Hartmann, de la University of Colorado Denver, se extiende en argumentar esta idea de Tourism to Places with a Difficult Past, un pasado que también en los Montes Torozos debiera se integrado en su paisaje, como una traza más del mismo.  Finaliza Hartmann su presentación con una idea que creo avanza en una dirección muy adecuada, con la que aprender cara al futuro desde un pasado que un día fuera oscuro: “May the multitude of travelers’ experiences there remain open to all kinds of interpretation including mine: a region also wiling to offer tourism to palces with a difficult past -yet safe from having to repeat the experiences and painful mistakes made nearly a centry ago!”

MÁS INFORMACIÓN: www.dark-tourism.org.uk http://www.grief-tourism.com/ 

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STOP AL TURISMO DE LA MUERTE

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Hace unos días, a la par que disfrutaba del canto a la vida que representa la primera parte del video de Lotje de Lussanet, donde la artista holandesa afincada en Madrid interpreta en un breve pero intenso ejercicio lleno de lirismo el tríptico de El Bosco, El Jardín de las Delicias, abrí el periódico por la página que daba cuenta del fallecimiento de Chantal Sébire. Su muerte no debería de pasar desapercibida y el injusto sufrimiento al que se ha visto sometida, en un dolor innecesario al no concederle el gobierno francés el derecho a la eutanasia, debería animar de una vez por todas al ejercicio de los poderes políticos a la hora de reconocer este derecho elemental. Si Holanda o Bélgica han dado el paso, Suiza, debido al trabajo de asociaciones como Dignitas o EXIT, se está convirtiendo como ya comentamos en una nota anterior, en lugar de acogida para personas que deseosas de iniciar un último viaje no encuentran el espacio social y legal que lo reconozca en sus respectivos países. Aún más siniestro se está mostrando el procedimiento a emplear para llevar a cabo una decisión “libre y voluntaria” que ante las dificultades encontradas, está propiciando escenas tan escabrosas como las que Dignitas acaba de denunciar ante la fiscalía de Zurich en base a grabaciones que recogen los dramáticos momentos finales de personas que deben acabar con su vida introduciendo su cabeza en una bolsa llena de helio hasta alcanzar la muerte. En nombre de nada podemos condenar a alguien a este final. La eutanasia como los cuidados paliativos son un derecho que debemos reivindicar con tanta humanidad y amor por la vida como las escenas del paraíso que Lotje de Lussanet recrea.   

 

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Morir es un viaje

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Hace veinticinco años pasaba este día de difuntos en la Isla de La Graciosa. En su cementerio, un puñado de viejas enlutadas y tocadas con su pequeño sombrero vegetal, sombreaban sus siluetas recortadas contra la tapia blanca. No cabía más soledad en la isla. La de algunos perros. La nuestra. La de un sol de otoño. Tan sobria como metafísica, la muerte y la isla. Por entonces, antes de que el turismo rural tomase carta de identidad, su más cercano precedente, en forma de viaje de aldeanos residentes en la ciudad, vivía el mayor esplendor del año en esta fiesta de difuntos. Un rosario de vivos serpenteaba a través de paseos que conducían hasta los camposantos donde depositar flores, historias, recuerdos, sobre las silenciosas lápidas.

 El otro día encontré en forma de pragmática unión un museo local cercano a Londres, ubicado en una digna capilla y al lado, lápidas marcando la muerte y sobre la tabla solitaria de un banco, escrita una despedida.

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Ahora conozco que la ley suiza reconoce o al menos no persigue la práctica de la eutanasia, siempre que usted no sea egoísta, esté lúcido, sea capaz de confirmar con reiteración su deseo y automedicarse la dosis de pentobarbital de sodio que pondrá fin a su viaje, o acaso le ayude a iniciar el verdadero viaje. No moleste al entrar y salir. El ajetreo de suicidas y sus féretros perturba la placidez de las vidas helvéticas y el derecho a la “autoentrega” peligra.La llaman “Turismo de la muerte”. El viaje tiene  un precio,  tasado en 4.000 € por la asociación Dignitas, promotora del mismo.

El derecho a decidir el propio viaje, algo tan simple en estos días de recuerdos.

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