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CAMPO ADENTRO

Ha llegado la hora. O reinventamos el campo o descansa en paz sin siquiera velatorio. A semejanza de tantas negaciones previas de la tardo modernidad, hijos del no logo, no place, no people, no tourist, no landscape, también sentenciaremos un no campo, salvo que alguien acuda raudo al rescate.

Gusté en su momento de la firmeza con la que John Berger, recogiendo corajudo el escupitajo de la Puerca Tierra campesina, proclamase la continuidad y la fortaleza de supervivientes que caracterizase al campesinado, siempre listo a reinventarse para seguir adelante.

Orienté voluntario mi vida y creamos una familia regresando al campo donde nacimos. Gocé de la amistad y el trabajo de quienes arrimaron el ascua de la cultura a un campo que ya flaqueaba, hace apenas tres décadas. Aquel alimento de CULTURAL CAMPO nos nutrió de los cimientos y las redes necesarias para vivir en el campo, en un ajuste de simplicidad y demanda de justas razones que hicieran digna de este tiempo la vida de las gentes.

Rememoro páginas vitales de nuestra trayectoria personal, mientras constato la caída de ese mundo que días después dejó de llamarse campo para ser sustituido por ese otro más acomodado a los nuevos tiempos de “medio rural”, algo tan vano que ha visto vaciarse a su lado casi todo lo que previamente había llenado de alma las culturas rurales. Primero la presencia humana, la actividad laboral y cotidiana, la festiva y cercana, la artesanal y simple, la dura y solidaria, la incierta como bella y noble, a veces negra también vida campesina. A cambio los nuevos tiempos forjaron postales de vida plácida en paraísos donde las chimeneas liberan humo de hogares ausentes, los pájaros pían y los ríos fluyen con aguas limpias. Nació el senderismo, el turismo rural, el cicloturismo, la conservación de la naturaleza y varios otros ismos. Se abandonó el campo. Así la forma cultivada, poliédrica y multiforme, compleja, se tornó en simple soporte para las plantas que producen en industrial sistema y que alimentan no se sabe bien cómo, a quién ni dónde. Ni quién las siembra ni cosecha, ni las vende ni las compra. Un anónimo sistema de mercado ha sustituido a la gente del campo y sólo las máquinas y su ruido son testigo del cambio. Los subsidios celebran la tranquilidad de los damnificados que guardan duelo con un confuso sentir, el hecho mismo de ser tal vez los últimos de una historia larga. Cayeron así también los símbolos y significados que apuntalaban la razón de ser del campo. Por más nombre que ministerios y despachos gubernamentales le diesen, su vínculo directo con el trabajo de la tierra, con los ciclos de vida y muerte, con la materia prima que nos alimenta y da sentido, inspira y enseña a entender aquello que nos rodea, todo ello desfallece.

Escribo estas notas en la memoria de Avelino Hernández con quien crecimos, pero mirando a la gente que ahora se afana en dar algún aliento al campo herido y pone la lupa en el Campo Adentro. Lo hago como el rugoso Berger o el estilizado Hernández lo harían, con orgullo y decisión. Ha llegado el momento de hablarlo claro. Las reformas de las políticas debieran ser eso, precisamente reformas de las políticas causantes de esta situación. Frente a ello, un abanico de experiencias trata aquí y allá más que de sobrevivir de enseñar la cara de nuevas oportunidades. La preocupación ecológica, el compromiso con los consumidores, el retorno de círculos de proximidad, una nueva cultura alimentaria, la conservación de las variedades locales junto a su estudio y difusión, la repoblación humana del campo, el reconocimiento del trabajo, una nueva cultura campesina. Una nueva era que lejos de sentirnos tímidos al nombrar, deberemos apasionados de reclamar. Proyectos como Campo Adentro pueden ser luciérnagas en medio de la oscuridad. Necesitamos que las demás luces se enciendan y exigir que la sostenibilidad tan traída y llevada apunte al ser humano, al cultivo de la tierra y cría de ganado, como sostén de lo que son, la vida misma que nos lleva.  Encomendémonos a la capacidad transformadora del arte para conseguir apoyos a este reto. Podemos meditarlo, ¿no os parece? Y  hacerlo, ¿no creéis?

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CULTURA Y DESARROLLO

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No se puede tachar una parte de la historia como el que traza una raya sobre una cuenta saldada”, escribe John Berger en la cita que encabeza “Los Hijos del Aceite”, libro del que es autor Julio Rodríguez-Calvarro junto a Nicolás Calvo. Me trae felizmente a la memoria el recuerdo de Julio, un reportaje dedicado al oleoturismo en la cacereña Sierra de Gata, que en buena parte protagoniza. Julio es un médico rural que tuvo la fortuna de nacer justamente escuchando el girar inequívoco de las ruedas de un molino hidráulico que machacaba las dulces manzanillas cacereñas en el pequeño pueblo de Robledillo de Gata. Con el tiempo, empleando su dinero y atención, se hizo dueño de ese molino para convertirlo en el equipamiento cultural estrella del municipio, el Molino del Medio. El relato pausado del libro como corresponde a un buen aldeano, más si se demora en tertulias amistosas al hilo del vino de pitarra, se acompaña de una primorosa edición con fotografías que documentan no sólo lo que es la historia del molino sino la arquitectura del pueblo y sus paisajes, así como un audiovisual basado en un diálogo a la antigua usanza entre abuelo y nieto. Rico en detalles, el texto brilla con las cuentas de resultados de dos campañas aceituneras, la 1948-49 en el Molino del Medio, que ofrecieron unos resultados de 2.600,21 pesetas y las de la campaña 1969-70 para el Molino Bajero con una producción valorada en 47.260,10 pesetas.

Me viene todo ello a cuentas de una reflexión ya muchas veces realizada sobre la relación entre cultura y desarrollo. En las últimas décadas, numerosas instituciones públicas animaron ese debate. En su tiempo fue pionera la Diputación de Barcelona. También la Diputación de Córdoba organizó en la década de los noventa diversas jornadas sobre el tema de la cultura y el desarrollo rural que tuve el gusto de coordinar y donde contamos en repetidas ocasiones con Avelino Hernández, creador de una experiencia innovadora que los ministros de Cultura no supieron prorrogar, Culturalcampo. El gobierno cubano organizó también durante varios años, sucesivas ediciones de un encuentro internacional sobre cultura y desarrollo con especiales énfasis en los países en desarrollo, particularmente iberoamericanos, con documentos y elaboraciones teóricas animados desde la OEI. Pasado ese tirón un tanto ruralista, la efervescencia urbana atizó el debate en torno a las bondades convenientemente realzadas del modelo Guggenheim & Bilbao. Me sorprende hallar una nueva convocatoria pública para debatir el tema, venida de la mano del gobierno gallego sin que verdaderamente hayan pasado tanto tiempo después demasiadas cosas nuevas. Un nuevo lenguaje más hard, soft, net u org, pero no demasiadas experiencias sociales o privadas, que equilibren el permanente esfuerzo de la iniciativa pública.

Si algo fijó mi atención en los últimos años respecto a este tema es el escaso interés de la empresa privada en apostar por la cultura como vía de desarrollo. Un reciente informe de CORDOBA 2016 sobre la experiencia de capitales culturales europeas deja patente un desigual pero característico alejamiento de la iniciativa privada en las inversiones culturales.  

Lamentablemente hay pocos quienes como Julio Rodríguez-Calvarro, puedan y quieran creer que la cultura es una manera brillante de trazar una línea hacia el futuro.

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