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OLEOTURISMO (I) Oda al olivo

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La semana pasada tuve la oportunidad de contemplar por segunda vez, durante la celebración del II Congreso Internacional de Oleoturismo, la película documental de Eterio Ortega, “Entre Olivos”. Fue un preámbulo del encuentro que tendremos con el director en el Museo del Aceite de Baena, el próximo día 20 de Noviembre. El reposo de la mañana sevillana de otoño, convino en que apreciara algunos valores de la película que me gustaría destacar.

Vayan primero unas líneas para presentar el perfil o algunos comentarios de los protagonistas:

– Hay una recurrente presencia y reconocimiento a los abuelos y su legado. Lo escuchamos en varios momentos, “mi abuelo me decía que su abuelo…”, “en la puerta de cada casa había un olivo, mi abuelo…” De refilón, representa un toque de atención sobre el poder de la memoria, su pervivencia, “no se me olvida en toda la vida los años que yo estuve aquí de chiquillo…”, comenta uno de los abuelos acerca del tronco que cobijó a su familia y algunos animales durante la guerra

– El contrapunto ajustado son los niños y el paciente maestro con el que dibujan su particular Jardín de los Olivos, envueltos en una dulce poética fotográfica, lenta y precisa, donde en silencio buscan la relación entre ellos y los árboles

– La connotación didáctica se transmuta en investigación práctica con objeto de hallar los olivos milenarios que protagonizan esta historia y reclaman su lugar en el mundo. Dos botánicas van de un lugar a otro en busca de estas piezas nobles del Arca de Noé. En uno de sus hallazgos, un poderoso ejemplar, vemos la secuencia compartida que reúne al acebuche con el olivo doméstico en una misma planta. Esa representación misteriosa que el olivo encarna como pocos seres vivos, donde se funde el carácter del mundo salvaje con la mano civilizadora del ser humano

– Esa mano misma que da pie a los cultivos intensivos y a la mecanización, fundiendo en un plano continuado, la recolección de la cuadrilla de aceituneras, perro incluido, arrojadas sobre el suelo, con las máquinas cosechadoras peinando el tapiz de seto vegetal del que arranca una abundante cosecha

– La misma mano que igual poda, estudiosa de las orientaciones del árbol, para iluminarlo y facilitar su arroje, que arranca de cuajo troncos centenarios, a los que cercena de sus despeinadas ramas, para terminar apresando el tronco en cuadradas cajas de metal que les llevarán hasta jardines lejanos, nuevos jardines de olivos

– Un japonés risueño representa el interés de otras culturas por la planta universal, enredado en una sesión de cata con quien presta su nariz para testar los sentidos vivos en una muestra de aceite de oliva

– Las mujeres, omnipresentes en esta película, matizando la aparente masculinidad del árbol, porque si la película es intergeneracional, es también película de género.

Mis emociones viendo Entre Olivos, fueron de un lado a otro, disfrutando los sonidos directos del campo, la armoniosa dirección educativa del maestro de escuela, la perseverante tarea de las mujeres que hacen conservas, rescatan un hogar en el campo o educan a la hija. Rememoración poética de trascendencias ligadas a la cultura del olivo, tan pronto bíblicas como paganas. Una película universal y atemporal, principio y fin, arrastrándome luego A través de los olivos, para descubrir que la belleza de un árbol y sus historias de vida no conocen fronteras. Entre olivos, es también un rayo de esperanza.

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ENTRE OLIVOS

Un burgalés, Eterio Ortega, cuyas primeras películas se centraron en la persecución y violencia ejercida por el terrorismo etarra, ha sido quien plantó su mirada en el camino hacia el exilio de viejos árboles, que montados en camiones, se dirigían a paraísos exóticos cercanos. Olivos centenarios, arrancados fruto del apetito económico de sus propietarios y la moda ornamental en entornos a veces lejanos, llamaron la atención del ahora premiado realizador, en el festival de cine Alcances. ENTRE OLIVOS , según la sinopsis de la productora CEDECOM Entre Olivos”, da título a un documental que ofrece una nueva visión del olivo en primera persona, a través de una serie de vidas e historias paralelas que tienen como hilo conductor a este árbol milenario que, en algunas ocasiones, es arrancado y transportado a lugares lejanos donde nunca hubo olivos.

Entre los personajes que protagonizan el relato, Fermín Rodríguez, un medio centenario olivo de la sierra de Priego de Córdoba, donde igual enseña la cata del aceite a un japonés que pasea con los turistas por medio de olivos centenarios, representa lo mejor de esa cultura intensa y profunda del campo de olivos andaluz, alejada de tópicos del pasado y especuladores últimos que del olivar apenas conocen su valor de mercado.

Me gusta que a diferencia del vino hermano, cuyas aproximaciones cinematográficas han estado  más cerca de la movie  road americana en Entre Copas, la afrancesada Mondovino, o el  acaramelado romance promocional de fin de semana en La Tierra con nombre de vino, el olivo se estrene, expresándose con el lenguaje del alma humana, de la que es heredero. Un buen complemento, décadas después al arranque literario que supuso Tierra de Olivos, del madrileño Antonio Ferres.

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