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TURISMO 2.0

Asistí en la ciudad de Priego de Córdoba a algunas de las charlas del IV Congreso Nacional de Marketing Turístico. En realidad fue una magnífica ocasión para escuchar de cerca a algunos de los factótums de la red social Turismo 2.0, encabezados por su creador Albert Barra. Creo que las presentaciones estarán pronto en algún canal, por lo que me limitaré a introducir algunas impresiones personales. El mensaje estrella es la oportunidad, de no dejar perder el tren de las redes sociales que de manera tan rotunda han extendido las nuevas tecnologías y la sociedad del conocimiento. Oportunidad para pequeñas iniciativas hoteleras que pueden ofrecer una buena dosis imaginativa y entablar un cuerpo a cuerpo con el cliente, como mostraron Jimmy Pons o Edu William. Social, social, se trata de un fenómeno social, repite hasta la médula Albert Barra, un tipo que derrocha tanta dosis de inteligencia como de buen humor. No en vano, los profetas de la red social sitúan el humor, como los servicios express o la sinergia colaborativa como hitos del nuevo paradigma turístico, el turismo de la experiencia y las emociones.

Me sentí en la misma nube que cuando comencé a leer a los vectores de la democracia cultural hace unas décadas  o a los animadores de la sociedad infonomista,  con Alfons Cornellá a la cabeza hace ahora otra década, y ahora a estos propagadores de las redes sociales por doquier.

Pocas veces oí en medio de ese mensaje un análisis integral del mundo en que vivimos. Fuera para llevar la gente a la FNAC, convocar encuentros de creación colectiva mileuristas –por el precio de la inscripción- o transformar de manera creativa la prestación de los servicios turísticos, siempre escuché un análisis económico. Sólo una constatación, ninguna crítica. Pero poco social por mucho que las redes inteligentes se hayan bien apropiado el nombre, salvo en la difusión social del consumo.  ¿O acaso lo social se circunscribe a las colas para reservar un teléfono o al número de conexiones? ¿Es ese también el hecho social del turismo? ¿Habrá un reparto más igualitario del tiempo libre o aumentan las horas de trabajo? ¿Habrá alguna moratoria que evite seguir aumentando los excesos o se plantarán nuevos Dubais para castigar mientras tanto penalmente a los que se aman en sus playas? ¿Se repartirá entre los vecinos la plusvalía turística de los centros urbanos? ¿Se pagará con dinero público el incremento del derroche ambiental de los nuevos aeropuertos? En mi opinión la red social tiene que extenderse completa para dejar ver sus agujeros. A los que tampoco hay que tener miedo y que efectivamente el cliente ve, cuando no anda dormido.

Todos estos hitos postcapitalistas viajan hablando de revolución, mientras el mundo anda resfriado. Que la economía está enredada en banda ancha no cabe duda, que los códigos de comunicación cambiaron, y lo hicieron los hábitos de compra y los nombres más usados. También. Pero de ahí a afirmar con rotundidad que el viajero toma la decisión, el proveedor de una industria pesada como la turística produce al instante el servicio deseado y ambos se entienden en una red social, o que los destinos se entrelazan unidos por sus productos más allá de las fronteras, y los actores públicos y privados se funden en un abrazo, queda me temo un poco trecho, en una industria donde ni la sostenibilidad ambiental ni humana –la de las personas que trabajan- está entre las prioridades. Y que conste, que me gustan las nubes de algodón.

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